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El extranjero

INTERMEDIATE Vydáno dne 30.06.2009

Plná nezjednodušená verze povídky „Cizinec“ (Pedro Antonio de Alarcón).Obsahuje i zvukovou nahrávku!



El Extranjero

Pedro Antonio de Alarcón

 

 

Capítulo I

No consiste la fuerza en echar por tierra al enemigo, sino en domar la propia cólera, –dice una máxima oriental.

No abuses de la victoria, –añade un libro de nuestra religión.

Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra; y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia, que el de la justicia, aconsejó, en fin, D. Quijote a Sancho Panza.

Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo también a un espíritu de equidad, nosotros, que nos complacemos frecuentemente en referir y celebrar los actos heroicos de los españoles durante la Guerra de la Independencia, y en condenar y maldecir la perfidia y crueldad de los invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar en el corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos sublime y profundamente cristiano: -el amor a nuestro prójimo; -sentimiento que, si por congénita desventura de la humana especie, ha de transigir con la dura ley de la guerra, puede y debe resplandecer cuando el enemigo está humillado.

El hecho fué el siguiente, según que me lo han contado personas dignas de entera fe, que intervinieron en él muy de cerca y que todavía andan por el mundo.–Oíd sus palabras textuales.

Fin de capítulo uno

 

Capítulo II

-- Buenos días, abuelo…– dije yo.

-- Dios guarde a V., señorito…– dijo él.

-- ¡Muy solo va V. por estos caminos!…

-- Sí, señor. Vengo de las minas de Linares, donde he estado trabajando algunos meses, y voy a Gádor a ver a mi familia.
– ¿Usted irá…?

-- Voy a Almería…, y me he adelantado un poco a la galera porque me gusta disfrutar de estas hermosas mañanas de Abril.– Pero, si no me engaño, usted rezaba cuando yo llegue…– Puede V. continuar. – Yo seguiré leyendo entretanto, supuesto que el escaso andar de esa infame galera le permite a uno estudiar en mitad de los caminos…

-- ¡Vamos! Ese libro es alguna historia…– Y ¿quién le ha dicho a V. que yo rezaba?

-- ¡Toma! ¡yo, que le he visto a V. quitarse el sombrero y santiguarse!

-- Pues ¡qué demonio! hombre… (¿Por qué he de negarlo?) Rezando iba…– ¡Cada uno tiene sus cuentas con Dios!

-- Es mucha verdad.

-- ¿Piensa V. andar largo?

-- ¿Yo? – Hasta la venta…

-- En este caso, eche V. por esa vereda y cortaremos camino.

-- Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa. – Bajemos a ella.

Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí a un pintoresco barranco.

Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como la inclinación de las montañas, indicaban ya la proximidad del Mediterráneo. Anduvimos en silencio algunos minutos, hasta que el minero se paró de pronto.

-- ¡Cabales! – exclamó.

Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.

Estábamos bajo unas higueras cubiertas ya de hojas, y a la orilla de un hermoso torrente.

-- ¡A ver, abuelito!… (dije, sentándome sobre la hierba.) Cuénteme V. lo que ha pasado aquí.

-- ¡Cómo!¿Usted sabe?…– replicó él, estremeciéndose.

-- Yo no sé más… (añadí con suma calma), sino que aquí ha muerto un hombre…; ¡y de mala muerte, por más
señas!

-- ¡No se equivoca V., señorito, no se equivoca usted! – Pero ¿quién le ha dicho…?

-- Me lo dicen sus oraciones de V.

-- ¡Es mucha verdad! Por eso rezaba.

Miré tenazmente la fisonomía del minero, y comprendí que había sido siempre hombre honrado.– Casi lloraba, y su rezo era tranquilo y dulce.

-- Siéntese V. aquí, amigo mío…– le dije, alargándole un cigarro de papel.

-- Pues verá V., señorito…– Vaya, ¡muchas gracias!
– ¡Delgadillo es!…

-- Reúna V. dos, y resultará uno bastante grueso – añadí, dándole otro cigarro.

-- ¡Dios se lo pague a V.! – Pues, señor… (dijo el viejo, sentándose a mi lado): hace cuarenta y cinco aůños que una maůñana muy parecida a ésta, pasaba yo casi a esta hora por este mismo sitio…

-- ¡Cuarenta y cinco años!-- medité yo.

Y la melancolía del tiempo cayó sobre mi alma. – ¿Dónde estaban las flores de aquellas cuarenta y cinco primaveras? – ¡Sobre la frente del anciano blanqueaba la nieve de setenta inviernos! Viendo él que yo no decía nada, echó unas yescas, encendió el cigarro y continuó de este modo:

-- ¡Flojillo es! – Pues, señor, el día que le digo a usted, venía yo de Gérgal con una carga de barrilla, y al llegar al punto en que hemos dejado el camino para tomar esta vereda, me encontré con dos soldados españoles que llevaban prisionero a un polaco. – En aquel entonces era cuando estaban aquí los primeros franceses, no los del año 23, sino los otros…

-- ¡Ya comprendo! Usted habla de la guerra de la Independencia.

-- ¡Hombre! ¡Pues entonces no había V. nacido!

-- ¡Yo lo creo!

-- ¡Ah, sí! Estará apuntado en ese libro que venía V. leyendo.
– Pero ¡ca! ¡Lo mejor de estas guerras no lo rezan los libros! ¡Ahí ponen lo que más acomoda…, y la gente se lo cree a puño cerrado! –¡Ya se ve! ¡Es necesario tener tres duros y mediode vida, como yo los tendré en el mes de San Juan, para saber más de cuatro cosas! – En fin, el polaco aquel servía a las órdenes de Napoleón… – del bribonazo que murió ya… – Porque ahora dice el señor Cura que hay otro… – Pero yo creo que ése no vendrá por estas tierras… – ¿Qué le parece a V., señorito?

-- ¿Qué quiere V. que yo le diga?

-- ¡Es verdad! Su merced no habrá estudiado todavía de estas cosas… – ¡Oh! El señor Cura, que es un sujeto muy instruido, sabe cuándo se acabarán los mamelucos de Oriente y vendrán a Gádor los rusos y moscovitas a quitar la Constitución… – Pero ¡entonces ya me habré yo muerto!… – Conque vuelvo a la historia de mi polaco.

El pobre hombre se había quedado enfermo en Fiñana, mientras que sus compańeros fugitivos se replegaban hacia Almería. – Tenía calenturas, según supe más tarde… – Una vieja lo cuidaba por caridad, sin reparar que era un enemigo… (¡Muchos años de gloria llevará ya la viejecita por aquellam buena acción!); y, a pesar de que aquello la comprometía, guardábalo escondido en su cueva, cerca de la Alcazaba…

Allí fué donde, la noche antes, dos soldados españoles, que iban a reunirse á su batallón, y que por casualidad entraron a encender un cigarro en el candil de aquella solitaria vivienda, descubrieron al pobre polaco, el cual, echado en un rincón, profería palabras de su idioma en el delirio de la calentura.

-- ¡Presentémoslo a nuestro jefe! (se dijeron los españoles). Este bribón será fusilado mañana, y nosotros alcanzaremos un empleo.

Iwa, que así se llamaba el polaco, según luego me contó la viejecita, llevaba ya seis meses de tercianas, y estaba muy débil, muy delgado, casi hético.

La buena mujer lloró y suplicó, protestando que el extranjero no podía ponerse en camino sin caer muerto a la media hora…

Pero sólo consiguió ser apaleada por su falta de patriotismo. – ¡Todavía no se me ha olvidado esta palabra, que antes no había oído pronunciar nunca!

En cuanto al polaco, figúrese V. cómo miraría aquel lance. – Estaba postrado por la fiebre, y algunas palabras sueltas que salían de sus labios, medio polacas, medio españolas, hacían reír a los dos militares.

-- ¡Cállate, didon, perro, gabacho! -le decían.

Y, a fuerza de golpes, lo sacaron del lecho.

Para no cansar a V., señorito: en aquella disposición, medio desnudo, hambriento…, bamboleándose, muriéndose…, ¡anduvo el infeliz cinco leguas!…

¡Cinco leguas, señor!… – ¿Sabe V. los pasos que tienen cinco leguas? – Pues es desde Fiñana hasta aquí… – ¡Y a pie!… ¡descalzo!…

¡Piénselo V.!… ¡Un hombre fino, un joven hermoso y blanco como una mujer, un enfermo, después de seis meses de tercianas!… ¡y con la terciana en aquel momento mismo!…
– ¿Cómo pudo resistir?

-- ¡Ah! ¡No resistió!…

-- Pero ¿cómo anduvo cinco leguas?

-- ¡Toma! ¡A fuerza de bayonetazos!…

-- Prosiga V., abuelo… Prosiga V.

-- Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre, para ahorrarme terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino. Detúveme, pues, aquí mismo, a fin de observar el remate de aquel horror, mientras fingía picar un cigarro negro de los de entonces…

Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar… Venía con la cabeza descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos rosetas encarnadas en lo alto de las mejillas y con los ojos llameantes, pero caídos…: ¡hecho, en fin, un Cristo en la calle de la Amargura!…

-- ¡Mí querer morir! ¡Matar a mi, por Dios! -balbuceaba el extranjero con las manos cruzadas.

Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban franchute, didon y otras cosas.

Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo al suelo.

Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a Dios.

Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse de nuevo.

Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y morir…

Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como he dicho, estaba cargado de barrilla.

-- ¡Eh, camarada! (me dijeron, apuntándome con los fusiles.) – ¡Suba V ese mulo!

Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero.
-¿Dónde va V.? – me preguntaron cuando hube subido.

-- Voy a Almería… (les respondí). ¡Y eso que ustedes están haciendo es una inhumanidad!

-- ¡Fuera sermones! – gritó uno de los verdugos.

-- ¡Un arriero afrancesado! – dijo el otro.

-- ¡Charla mucho…, y verás lo que te sucede!

La culata de un fusil cayó sobre mi pecho…

¡Era la primera vez que me pegaba un hombre, fuera de mi padre!

-- ¡No irritar, no incomodar! – exclamó el polaco, asiéndose a mis pies; pues había caído de nuevo en tierra.

-- ¡Descarga la barrilla! – me dijeron los soldados.

-- ¿Para qué?

-- Para montar en el mulo a este judío.

-- Eso es otra cosa… Lo haré con mucho gusto.

Dije, y me puse a descargar.

-- No…, no…, no… (exclamó Iwa.) ¡Tú dejar que me maten!

-- ¡Yo no quiero que te maten, desgraciado! -exclamé, estrechando las ardientes manos del joven.

-- ¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí, por Dios!…

-- ¿Quieres que yo te mate?

-- ¡Sí…, sí…, hombre bueno! ¡Sufrir mucho!

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Volvíme a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera conmovido a una piedra:

-- ¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro español, que ama tanto como el que más a nuestra patria, es quien os suplica.
– ¡Dejadme solo con este hombre!

-- ¡No digo que es afrancesado! – exclamó uno de ellos.

-- ¡Arriero del diablo! (dijo el otro): ¡cuidado con lo que me dices! ¡Mira que te rompo la crisma!

-- ¡Militar de los demonios! (contesté con la misma fuerza.) Yo no temo a la muerte. – ¡Sois dos infames sin corazón!¡Sois dos hombres fuertes y armados, contra un moribundo inerme!… ¡Sois unos cobardes! – Dadme uno de esos fusiles, y pelearé con vosotros hasta mataros o morir…; pero dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse. – ¡Ay! (continué, viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba): si, como yo, tuvieseis hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán en la tierra de este infeliz, en la misma situación que él, solos, moribundos, lejos de sus padres; si reflexionarais en que este polaco no sabe siquiera lo que hace en España; en que será un quinto robado a su familia para servir a la ambición de un Rey…, ¡qué diablo! vosotros le perdonaríais… – ¡Si; porque vosotros sois hombres antes que españoles, y este polaco es un hombre, un hermano vuestro! – ¿Qué ganará España con la muerte de un tercianario? ¡Batíos hasta morir con todos los granaderos de Napoleón; pero que sea en el campo de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido; sed cristianos, no seáis verdugos!

-- ¡Basta de letanías! -dijo el que siempre había llevado la iniciativa de la crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza de bayonetazos, el que quería comprar un empleo al precio de su cadáver.

-- Compañero, ¿qué hacemos? -preguntó el otro, medio conmovido con mis palabras.

-- ¡Es muy sencillo! (repuso el primero.) ¡Mira!

Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus movimientos, descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.

Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya el mártir.

En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas de los fusiles.

El que había matado al extranjero, le cortó una oreja, que guardó en el bolsillo.

¡Era la credencial del empleo que deseaba! Después desnudó a Iwa, y le robó… hasta cierto medallón (con un retrato de mujer o de santa) que llevaba al cuello.

Entonces se alejaron hacia Almería.

Yo enterré a Iwa en este barranco…, ahí…, donde está V. sentado…, y me volví a Gérgal, porque conocí que estaba malo.

Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad, que me puso a las puertas de la muerte.

-- Y ¿no volvió V. a ver a aquellos soldados? ¿No sabe V. cómo se llamaban?

-- No, señor; pero, por las señas que me dió más tarde la viejecita que cuidó al polaco, supe que uno de los dos españoles tenía el apodo de Risas, y que aquél era justamente el que había matado y robado al pobre extranjero.

En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al camino; nos apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos el uno del otro. – ¡Habíamos llorado juntos!

Fin de capítulo dos

 

Capítulo III

Tres noches después tomábamos café varios amigos en el precioso casino de Almería.

Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos viejos, militares retirados, Comandante el uno y Coronel el otro, según dijo alguno que los conocía.

A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan alto como suelen los que han mandado mucho.

De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del Coronel:

-- El pobre Risas

-- ¡Risas! – exclamé para mí.

Y me puse a escuchar de intento.

-- El pobre Risas… (decía el Coronel) fué hecho prisionero por los franceses cuando tomaron a Málaga, y, de depósito en depósito, fué a parar nada menos que a Suecia, donde yo estaba también cautivo, como todos los que no pudimos escaparnos con el Marqués de la Romana.– Allí lo conocí, porque intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda mi carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia, formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles que estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a Risas. Entonces me enteré de que tenía un miedo cerval a los polacos, o un terrorsupersticioso a Polonia, pues no hacía más que preguntarnos a Juan y a mi si tendríamos que pasar por aquella tierra para ir a Rusia, estremeciéndose a la idea de que tal llegase a acontecer.– Indudablemente, a aquel hombre, cuya cabeza no estaba muy firme por lo mucho que había abusado de las bebidas espirituosas, pero que en lo demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había ocurrido algo grave con algún polaco, ora en la guerra de España, ora en su larga peregrinación por otras naciones. – Llegados a Varsovia, donde nos detuvimos algunos días, Risas se puso gravemente enfermo, de fiebre cerebral, por resultas del terror pánico que le había acometido desde que entramos en tierra polonesa; y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que conseguí de mis Jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo, sin perjuicio de que, resuelta aquella crisis de un modo o de otro, saliese luego en mi busca con algún convoy de equipajes y víveres, de los muchos que seguirían a la nube de gente en que mi regimiento figuraba a vanguardia.– ¡Cuál fué, pues, mi sorpresa cuando, el mismo día que nos pusimos en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar, se me presentó mi antiguo asistente lleno de terror, y me dijo lo que acababa de suceder con el pobre Risas! – ¡Dígole a V. que el caso es de lo más singular y estupendo que haya ocurrido nunca! – Óigame, y verá si hay motivo para que yo no haya olvidado esta historia en cuarenta y dos años. – Juan había buscado un buen alojamiento para cuidar a Risas, en casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que desde que llegamos a Varsovia los españoles no había dejado de preguntarnos a varios, por medio de intérpretes franceses, si sabíamos algo de un hijo suyo llamado Iwa, que vino a la guerra de España en 1808, y de quien hacía tres años no tenía noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás familias que se hallaban en idéntico caso. – Como Juan era tan zalamero, halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y de aquí el que, en recompensa, ella se brindara a cuidar a Risas al verlo caer en su presencia atacado de una fiebre cerebral… – Llegados a casa de la buena mujer, y cuando ésta ayudaba a desnudar al enfermo, Juan la vió palidecer de pronto y apoderarse convulsivamente de cierto medallón de plata, con una efigie o retrato en miniatura, que Risas llevaba siempre al pecho, bajo la ropa, a modo de talismán o conjuro contra los polacos, por creer que representaba a una Virgen o Santa de aquel país. – ¡Iwa! ¡Iwa! – gritó después la viuda de un modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía, aletargado como estaba por la fiebre. -En esto acudieron las hijas; y, enteradas del caso, cogieron el medallón, lo pusieron al lado del rostro de su madre, llamando por medio de señas la atención de Juan para que viese, como vió, que la tal efigie no era más que el retrato de aquella mujer, y, encarándose entonces con él, visto que su compatriota no podía responderles, comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras ininteligibles, bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente la más siniestra furia.– Juan se encogió de hombros, dando a entender por señas que él no sabía nada de la procedencia de aquel retrato, ni conocía a Risas más que de muy poco tiempo…– Elnoble semblante de mi honradísimo asistente debió de probar a aquellas cuatro leonas encolerizadas que el pobre no era culpable…– ¡Además, él no llevaba el medallón!-- Pero el otro… ¡al otro, al pobre Risas, lo mataron a golpes y lo hicieron pedazos con las uñas! -Es cuanto sé con relación a este drama, pues nunca he podido averiguar por qué tenía Risas aquel retrato.

-- Permítame V. que se lo cuente yo…– dije sin poder contenerme.

Y acercándome a la mesa del Coronel y del Comandante, después de ser presentado a ellos por mis amigos, les referí a todos la espantosa narración del minero.

Luego que concluí, el Comandante, hombre de más de setenta años, exclamó con la fe sencilla de un militar antiguo, con el arranque de un buen espańol y con toda la autoridad de sus canas:

-- ¡Vive Dios, señores, que en todo eso hay algo más que una casualidad!

Almería, 1854.

  


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Obra y autor: Novelas Cortas; de Alarcón, Pedro Antonio.
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